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Campo y ecología: mitos y realidades

La preocupación por la preservación del entorno y la obtención de productos alimenticios lo más saludables posibles han hecho que la agricultura y ganadería ecológica gane adeptos no solo entre los consumidores sino también entre los propios productores que ven no solo una alternativa en cuanto a forma de producción más respetuosa con la naturaleza, sino también un mercado en constante crecimiento que demanda prácticamente de todo.

En el debate sobre la posible firma del TTIP con Estados Unidos y Canadá, uno de las cuestiones que más aflora es la posible pérdida del peso ecológico en las producciones agrarias frente a las polítcas productivas estadounidenses supuestamente más laxas. Hoy no será tema a tratar este asunto, pero sí que es cierto que todas las políticas agrarias de la UE desde la primera gran reforma de la PAC en 1992 han tenido como objetivo no solo la independencia económica del agricultor y ganadero al margen de las ayudas públicas, sino también un respeto por los ecosistemas y procurar una agricultura y ganadería sostenible en el tiempo e integrada en el espacio natural en el que se encuentre.

Dicha preocupación no obstante ha chocado de frente con la necesidad también imperiosa de hacer competitivas las produccionesa agrarias europeas frente a las importadas, por ello renunciar a determinados sistemas de producción no ecológicos en pro de otros más rentables ha acabado pesando en muchos casos. Fijémonos que incluso la normativa europea establece que debe indicarse claramente el origen del producto ecológico en el etiquetado, aunque lamentablemente eso es la excepción a la norma porque lo más frecuente es un etiquetado genérico sin más citas geográficas que UE, comunidada autónoma (en el caso español) o incluso producto "no UE". ¿Qué garantías ecológicas proporciona un producto importado desde China, Irán o Turquía?
Sin embargo se han generado una serie de mitos, tanto entre detractores como defensores de la agricultura ecológica, que en algunas ocasiones deriva en debates y provoca confusión entre los consumidores. Por ello vamos a aportar algunos datos sobre los mitos y realidades entorno a ello.

MITOS DE LA AGRICULTURA Y GANADERÍA ECOLÓGICA
Los productos ecológicos tienen mejor sabor.
Falso. Pueden, o no, tener mejor sabor, la organolectia no tiene tanto que ver con el medio de producción sino con el proceso de maduración. Es factible la cría de tomates ecológicos bajo invernadero y sin embargo pecar del mismo proceso de maduración acelerado que otros tomates, teniendo por consiguiente un sabor menos intenso. Influyen también las variedades, el número de horas de sol recibidas, la composición del suelo, etc. Lo mismo se puede decir de las carnes ecológicas, cuyo sabor depende de la alimentación, edad del animal, estado físico...aunque la normativa establece que la ganadería ecológica debe tener espacio abiertos de pastoreo y vivienda, lo cierto es que tampoco deben de estar siempre sueltos, sino una parte del tiempo, no no imaginaríamos a las gallinas sueltas durante una gran nevada de invierno mientras siguen produciendo huevos. Es decir, la agricultura ecológica per sé no incide ni en su sabor ni en ninguna otra cualidad organoléptica.

La ganadería ecológica está libre de químicos y medicamentos
Falso. La ganadería ecológica, al igual que todas las cabañas ganaderas, son susceptibles de contagiarse o portar enfermedades. Por ello las normativas europeas establecen unas vacunaciones obligatorias en todos los animales. Del mismo modo que si enferma y necesita tratamiento deberá consumir los medicamentos preceptivos autorizados, salvo si hiciera tratamientos fitoterapéuticos u homeopáticos. Lo que en principio sí garantiza es una salubrididad y condiciones de vida más dignas para los animales, hecho que ya de por sí debería ser motivo más que suficiente para inclinarnos por estos productos dentro de lo posible.

La agricultura ecológica es garantía de libre de químicos en el producto
Falso. Aquí hemos de decir que la agricultura ecológica leonesa se regula mediante varias legislaciones. Por una parte está la normativa de la Unión Europea que establece diversas medidas para obtener el etiquetado de producto ecológico, son las leyes 834/2007 y 889/2007. Si tenemos la paciencia de leer dichas leyes, observaremos que no establecen normas específicas sino que son un conjunto de generalidades y definiciones amplias de cómo debe de ser la producción ecológica. Aquí, un párrafo muy interesante la ley 834/2007:

Es preciso facilitar la flexibilidad en cuanto a la aplicación de las normas de producción, a fin de permitir adaptar las normas y los requisitos ecológicos a las condiciones climáticas o geográficas locales, a las distintas prácticas agrarias y fases de desarrollo. Esto debe permitir la aplicación de normas excepcionales, pero solo dentro de los límites de condiciones específicas establecidas en la legislación comunitaria.

en el caso de la comunidad donde nos encontramos, la legislación se limita a considerar las recomendaciones de las anteriores leyes, no estableciendo normativa a mayores alguna para por ejemplo los productos manufacturados, en que se dictamina que para que tengan etiqueta ecológica basta con que la mayoría de sus componentes procedan de la agricultura ecológica, sin que ello impida el uso de otros productos.  

La modificación genética va en contra de la ecología
No tiene porqué. Primero hay que entender qué es un producto modificado genéticamente. Hoy se admite como tales los que son transformados en laboratorios mediante la introducción de genes de otras plantas o animales en la composición genómica de la planta, para favorecer uno o varios aspectos productivos o necesidades alimenticias. Estas modificaciones, y más de uno se llevará las manos a la cabeza, se llevan produciendo desde los orígenes de la agricultura y ganadería. Técnicas tan tradicionales como el injerto, los cruzamientos, las hibridcaciones (muy frecuentes para la obtención de plantas ornamentales) y otra infinidad de técnicas sin necesidad de microscopios ni laboratorios, han introducido genes en plantas y alterado su ADN sensiblemente. Consumimos decenas de frutas y verduras que son híbridos, algunas frutas ni siquiera existirían si no fuera por la hibridación como los pomelos, las clementinas o incluso determinadas nectarinas. La novedad actual es la introducción de genes de animales, desconocido hasta la fecha.

La modificación genética busca mejorar aspectos en la producción agraria a veces tan importantes como las necesidades hídricas de un cultivo. El maíz por ejemplo requiere notables aportes de agua para que el grano gane peso, además ese riego no puede ser por goteo ni localizado sino por aspersores, con toda la pérdida de agua que conlleva. Desarrollar variedades que requieran niveles de riego inferiores mejoraría el ecosistema, eso es evidente. Ahora bien, la contra que se establece entre las voces ecologistas es que estas variedades no se conoce su impacto en el ambiente, ni su posible hibridación natural con otras plantas. E incluso se aduce que algunas variedades modificadas son estériles y requieren ser compradas las semillas por el agricultor todos los años e incluso añadir determinados abonados y tratamientos específicos que, como es obvio, vende la empresa que tiene la patente de la planta. Dejo como reflexión que, curiosamente, esos peligros parecen no percibirse en las plantas ornamentales, que han sido canal de transmisión de muchas plagas y enfermedades para el campo por su carácter tropical, plantación masiva en jardines y hogares, y siendo muchas de ellas pura manipulación genética.

Por ello, la modificación genética no es necesariamente anti ecológico, pero sí que puede ser un factor de dependencia económica de los productores hacia determinadas empresas. Es más, la legislación europea al respecto de producciones ecológicas deja un resquicio a que un producto OMG pueda tener dicha etiqueta.

La agricultura ecológica es menos rentable que la convencional
Falso. Dependerá de las producciones y métodos. El uso de determinados químicos para el tratamiento de plagas ha tenidos dos consecuencias nefastas: la primera el incremento año tras año en el precio de los químicos, pero la segunda peor todavía es la generación de resistencias por parte de las plagas de insectos que hacen que cada año sean necesarias mayores dosis en los insecticidas para lograr el mismo resultado. La opción ecológica establece el uso, por ejemplo, de crías de la Coccinella septempunctata, un insecto cuyo nombre así sonará raro, pero si decimos en español "mariquita" o en lengua leonesa "maruxina" "vaquina de San Antón", "mariquina", "coquina", "cantamisina", "caracolín de dious", "carralina", "catalina", "sanina"...lo veremos de otro modo. Este insecto que ha inspirado tantas canciones y afectos infantiles es en realidad un depredador voraz de pulgones y otros insectos dañinos para las producciones agrarias. Su conservación y cría evita grandes gastos en fitosanitarios que redundan tanto en el ecosistema como en el bolsillo del agricultor.

Otro gasto a evitar es el no uso de plaguicidas para escarda química. Es el caso del famoso glifosato, un químico de muy amplio espectro y que ataca a las hojas eliminando en teoría todas las malas hierbas. Solo que el glifosato no sabe distinguir lo que es una "mala hierba" y afecta finalmente al cultivo. Su uso continuado genera restos minerales en el suelo, especialmente fosfatos, que alteran notablemente su composición y pH haciendo con el tiempo que pierdan fertilidad y rendimiento. La alternativa lógica, aunque más cara, es la escarda manual, pero si lo comparamos con el coste de abonados, volteos y labores mecánicas de subsolado así como periodos de reposo al que someter la tierra para que recupere nutrientes, quizás no sea tan rentable el glifosato.

La agricultura y ganadería ecológica garantizan la preservación del medio
Verdadero, con matices. Todas, absolutamente todas las acciones humanas en la Tierra generan huellas y daños, es totalmente inevitable. Por muy ecológico que sea usar cabras para limpiar zonas de pastos, no deja de ser otra acción humana que ha alterado un ecosistema para sustituirlo por otro, lo mismo que los cultivos.

Veamos un ejemplo muy claro de a qué punto una circunstancia histórica cambia un ecosistema. Para muchos, la imagen más arquetípica de Salamanca son sus dehesas dedicadas a la cría de toros y cerdos ibéricos. Sin embargo este ecosistema es muy moderno. En el siglo XVIII Salamanca pasa de un sistema de propiedad colectiva de tierras, como sucede en casi todo el País Leonés, a grandes latifundios por cuestiones de posesión entre diversos señoríos nobiliarios (destacando la Casa de Alba) y de la Iglesia, modelo que por otra parte, curiosamente se consolidó con la desamortización del siglo XIX para dejarnos en herencia el actual panorama de prados con arbolado de alcornoques y encinas. por lo tanto no son tradicionales ni ecológicas sino que son un ecosistema generado ex profeso para ello. El ejemplo anterior podríamos extenderlo incluso al Páramo, zona de agricultura intensiva donde la modificación humana llevó incluso al allanado de colinas y eliminación de toas las masas forestales a comienzos del siglo XX. Ahora bien, una vez que existe ese ecosistema propio, alterado o no, mantenerlo sin degradar el equilibrio se facilita con técnicas ecológicas.

¿Y QUÉ PASA CON LOS PRODUCTOS ECOLÓGICOS DE FUERA DE LA UE?
Si ambigüo es el concepto de ecológico a nivel de Unión Europea, pues no es igual legislación en la materia la alemana que la búlgara o letona, más podemos sorprendernos con la de otros estados. Es evidente que no es igual legislación la estadounidense, canadiense, suiza o australiana que la china o congoleña. La UE ha establecido un listado de códigos internacionales que en teoría deben tener los productos de importación y que cada estado exportador debe emitir para poder ser importados. Si cada estado productor aplica una norma, añadamos que cada estado europeo importador tiene diferentes requisitos según el origen. Y si a eso añadimos que existe el libre mercado interno, nos perderemos finalmente en un conjunto de supuestas garantías ecológicas que pueden quedar a veces en nada. Es decir, hay un origen, un importador, un estado europeo importador y luego un consumidor europeo ¿nos hemos liado, verdad?

Tomemos el caso de China:  si el producto chino ecológico es importado vía Estados Unidos, la normativa americana es terriblemente estricta con este país, al punto de que solo permite importar como ecológico productos agrarios transformados para alimentación humana y según qué estados. Si la importación es por ejemplo vía Australia, la legislación australiana solo permite animales vivos y productos transformados de consumo humano. Y atención, si el producto es vía directa desde Alemania, el estado germano permite toda clase de producto chino, desde animales vivos hasta acuicultura y algas, pasando por piensos animales y material vegetal para cultivos. Eso igual explica por qué hay tantísimos productos ecológicos en determinados supermercados alemanes con tan bajos precios y que se distribuyan tan fácilmente por toda Europa.


AGRICULTURA ECOLÓGICA O AGRICULTURA INTEGRAL. UN SÍ ROTUNDO.
En realidad, de lo que hay que hablar no es de agricultura ecológica, sino agricultura integral, una agricultura (y ganadería) que busca la explotación del medio con el menor impacto posible en el ecosistema. La agricultura ecológica o integral debe buscar también que el productor, agricultor o ganadero, tenga el mayor beneficio posible con los menores costes posibles y eso implica que sus medios de producción, incluyendo la tierra, le duren con las mejores condiciones el mayor tiempo posible. Es un principio básico de la economía. Cuanto menos gastos en abonados, modificaciones de suelo, fitosanitarios y sistémicos se use, mejor para el entorno y mejor para el productor. Todas esas medidas que favorecen el mantenimiento de los ecosistemas y la fijación de la población redundan en el bien de todos, nos afecta en la economía global positivamente y mejora absolutamente todos los aspectos, máxime cuando estamos hablando de algo tan básico en cualquier economía como es la conservación del sector primario.

El fomento y consumo de dichos productos redunda en beneficio de todos. La UE puede y debe fomentar la agricultura y ganadería ecológica vía subvenciones, persiguiendo la sostenibilidad del ecosistema en el sentido más amplio de la palabra, lo cual incluye desde la fijación de población hastsa la conervación y mantenimiento de las viviendas humanas y construcciones agrícolas tradicionales. Eso sí, debiendo vigilarse lo que en mi modesta opinión es una legislación con demasiados coladeros que favorece a unos y perjudica a otros.

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